21 noviembre 2019

La pseudoizquierda boliviana, así como la internacional, nunca supo y ahora no quiere entender que “la democracia es, en ciertas épocas, el ‘fin’ de la lucha de clases, para cambiarse después en su ‘medio’” (Trotsky, 1938).

Por eso, cuando luchábamos contra el fraude electoral había que explicarles que en la movilización ciudadana no había fascismo y ni racismo; después de la renuncia de Morales, había que explicarles que lo sucedido no era un golpe de Estado; luego, mientras armábamos barricadas y comités de vigilia, para que los vándalos masistas no ingresen a nuestras casas y a nuestros barrios, había que explicarles que el terror esparcido por “los movimientos sociales” no era por motivos progresistas; cuando fallecieron los cocaleros en Huayllani, había que explicarles que la contención realizada por el ejército y la policía era preferible ante las imprevisibles consecuencias de dejarlos pasar; cuando lo sucedido en Senkata había que explicarles que la única manera de evitar el ingreso a la Planta era con métodos letales; y, en general, cuando se condolían por lo fallecidos, había que explicarles que estaban confundiendo política con religión y que no era cierto "que toda vida importa".

En todas las luchas sociales, como en las manos de esta imagen, existen sentidos diferentes y fines divergentes.
Aunque los pseudoizquierdistas se proclamen revolucionarios y progresistas y digan que defienden a los pobres, a las “clases subalternas”, a los indígenas, a los trabajadores, a los homosexuales, a los animales y a tutti quanti, en la práctica, son conservadores incapaces de discernir que una lucha política y social se define por su contenido y sus objetivos, no por el color de la piel, ni la condición social de quienes luchan, son conservadores incapaces de discernir que los pobres alteños, los cocaleros, y los campesinos, pueden defender y ofrecer su vida por objetivos antidemocráticos y reaccionarios, como sucede ahora y casi siempre sucedió en la historia.

En la pseudoizquierda también existe resentimiento, no de otra manera se explica su desprecio a las “clases medias”, desprecio que en exceso de puritanismo les impide codearse con la “gente bien”, peor, les impide considerar la validez o no de las luchas que dan estos sectores.

En realidad, los pseudoizquierdistas son conservadores inconscientes de serlo y/o resentidos sin causa y/o bienintencionados sin compromiso, ni siquiera son lobos vestidos de oveja. Están en todas las luchas sociales, no son un peligro, pero son un lastre. 

Un lastre del que hay que librarse para construir una izquierda científica que, en lo esencial, trabaje por eliminar los mecanismos de explotación y las causas de la pobreza, por la construcción de una sociedad de hombres y mujeres no solo formal sino realmente libres, y por el aprovechamiento sostenible de la naturaleza. Es decir, una izquierda libre de las enfoques y las políticas de identidad y libre del activismo de objetivos parciales.

Gustavo Rodríguez Cáceres
Cochabamba, 21 de noviembre de 2019
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